Separar la paja del centeno (XIX): «Palabras en el camino»

Separar la paja del centeno

 
 

Palabras en el camino


En esta actividad el relato y la noticia falsa cobran protagonismo; pero su finalidad es meramente lúdica y educativa –y más en los tiempos que corren–, siendo su único propósito el entretenimiento, despertar la imaginación y el espíritu crítico. Aprender a discernir lo que es real frente a lo que no y, sobre todo, separar la paja del centeno (o grano). Contempla la imagen, lee el texto y sigue las instrucciones; porque, a veces, las cosas no son lo que aparentan y quitando el ornamento podrás darte cuenta que subyace otra realidad.

Por sus andares las conocerás. Camino arriba, camino abajo. Llueva a cántaros o haga un sol de justicia. Suelen ir solas o en grupo, y nunca pasan desapercibidas.

Como es costumbre entre ellas, siempre llevan sobre su cabeza uno o varios cestos para transportar su singular mercancía y depositarla allí donde es requerida: son las portadoras de palabras. Palabras que se definen por si solas, palabras que componen las más diversas historias. Por eso, no es extraño observar a los expectantes paisanos aguardar su tránsito, ya fuere sentados a la puerta de sus casas o apoyados a la vera de un muro destartalado; pues, según tengo entendido, hay ocasiones en las que ellas traen “nuevas de afuera”, quizás de un pariente que emigró, de una suerte que se obtuvo por herencia o debido un esperado natalicio.

Otras veces, a lo largo del camino y de trecho en trecho, los pintores de pincel fino y los poetas de verso fácil se suelen agolpar para verlas pasar, aunque muy de vez en cuando también hacen acto de presencia los atareados estudiantes. Los unos para encontrar su inspiración, mientras que los otros para hallar resolución a sus inquietudes académicas.

Conforme se acercan a los núcleos poblacionales, las portadoras de palabras aminoran su paso y enmudecen temporalmente porque saben que tienen que rendir cuentas ante el administrador del conocimiento, un singular personaje que vive en una caseta denominada fielato y cuyo cometido no es otro que el de apropiarse de su correspondiente canon de voces y expresiones nuevas. Pero, últimamente, la discutida labor de este individuo no está dando los frutos deseados; pues las mujeres, sabedoras de su insaciable codicia, esconden aquellas palabras que más estiman en los pliegues de su indumentaria, logrando con ello resguardarlas de la impertinente requisa.

Ahora, hagamos un ejercicio mental, extrayendo el elemento “absurdo” de esta instantánea e intentando dar respuesta a las siguientes preguntas (busca ayuda si lo estimas necesario):

  1. A lo largo de nuestra historia, el papel desempeñado por algunas mujeres en el intercambio de géneros de carácter perecedero entre el productor y el consumidor fue fundamental para el abasto de la población insular. ¿Por qué nombre genérico crees que se las solía conocer? a. Vendedoras; b. Caminantas; o c. Gangocheras.
  2. ¿Por qué crees que iban descalzas?
  3. Los fielatos eran oficinas municipales que operando como pequeñas aduanas se encontraban a la entrada de los núcleos de población de la isla y donde se cobraban impuestos sobre algunos géneros para el consumo, como la carne, el pescado, el vino y los aguardientes. ¿De dónde crees que procede esta denominación?
  4. ¿Cómo se llamaba al inspector que trabajaba en el fielato? a. Fielatero; b. Filatero; o c. Recaudador.
  5. A pesar de que a mediados de la pasada centuria cesaron en su actividad, actualmente quedan vestigios edificados y toponímicos de los antiguos fielatos. ¿Conoces alguno en tu municipio?

Acto seguido, introduce de nuevo el elemento “absurdo”, contesta a las mismas preguntas planteadas, dejando volar tu imaginación.

Ya tienes los ingredientes básicos para crear dos historias: una basada en hechos verídicos y contrastados, frente a otra donde la inventiva cobra protagonismo.

Déjanos la propuesta que quieras y, si te apetece, genera un debate entre tus conocidos.

 

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